En un mar de banquetes, las olas se vuelven muros,
cada bocado una marea que ahoga el placer.
El festín se convierte en un desierto,
cada sabor una tormenta que arrastra la calma.
El festín, antes jardín de frutos dorados,
ahora es campo de espinas y penas.
Las delicias, ahora sombras,
que susurran secretos amargos en cada bocado.
En el reflejo del espejo, un lienzo distorsionado,
mi imagen es un cuadro roto, un sueño que se deshace.
Las curvas, un paisaje de montañas y valles,
cambiantes como nubes en un cielo gris.
Cada número en la balanza, un eco lejano,
resuena como un tambor en el bosque del ser.
Espejos de cristal que devuelven miradas severas,
cada cifra una cadena que aprieta el corazón.
Los manjares en el plato son laberintos sin salida,
cada bocado una encrucijada en el bosque oscuro.
El hambre es un mar inquieto,
y el estómago, un vacío sin orillas.
Las redes, espejos en el cristal del deseo,
donde la belleza es una imagen inalcanzable.
Cada foto un faro en la distancia,
que enciende llamas de incertidumbre en el alma.
El tejido de la ropa, una piel que no encaja,
las prendas son cárceles que aprisionan mis esperanzas.
Cada costura es un recordatorio del tiempo perdido,
y cada ajuste una carga en mi corazón.
La necesidad de ver, de medir, de contar,
es una danza en la cuerda floja del ser.
Cada peso es una mariposa atrapada en la balanza,
cada cifra un reflejo en el cristal del tormento.
En el silencio de la noche, los pensamientos son sombras,
susurros en un eco de dudas y temores.
El hambre es un fantasma en el crepúsculo,
y cada bocado, un paso en la niebla del anhelo.
Busco en el horizonte un rayo de esperanza,
un atajo en el laberinto de sombras y dudas.
Que la mesa sea un lugar de paz, no de guerra,
y el espejo, un amigo que abraza en lugar de juzgar.
Que las redes sean estrellas, no espejos fríos,
y la ropa, un abrigo, no una prisión.
Que el mar vuelva a ser tranquilo,
y el alma encuentre su camino en la calma de la plenitud.
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