La casa en mí

Hay una casa en mí
con la puerta entreabierta,
como si el abandono
tuviera horario incierto
y yo aún lo esperara con café tibio
y flores secas en el pecho.

Los muros saben de pasos
que se deshicieron antes de llegar,
de nombres que nunca aprendieron el mío,
de fiestas donde el silencio
me dejó los zapatos vacíos en la puerta.

Adorné mis costillas con guirnaldas,
me vestí de sol en invierno,
pensando que si ardía lo bastante,
alguien vendría a apagarme con ternura.
Pero nadie tocó.

Fui rama que se dobló sin quebrarse,
aprendiendo a inclinarse
sin ser vista.
Fui ventana que no cerró a tiempo
y se llenó de polvo ajeno.

Me aprendí de memoria
cómo suenan los portazos que no di,
cómo duele el eco
de un nombre que no regresa.
Me quedé haciendo sitio
para presencias que nunca cabrían.

Y cuando no vinieron,
me lloví hacia adentro.
Fui gota muda
resbalando por la grieta de mi pecho,
como si doler
fuera cosa que se aprende sola.

Pero hubo un día, 
—no fue grande, ni claro, ni redondo— en que me cansé de poner la mesa para fantasmas.
Apagué las luces que no llegaban a nada
y me senté en el umbral,
a mirar la herida de frente.

Y vi a la niña.
La que esperaba.
La que todavía creía.
Y no le pedí que se fuera.
Le ofrecí abrigo,
y pan,
y mi nombre.

Entonces entendí:
no hay que ser elegida
para ser casa,
ni llamada
para ser voz.
No hay que brillar para merecer.
No hay que encoger el alma
para caber en nadie.

Pero no te miento:
hay días en que el eco regresa
como un viejo amante sin disculpas,
días en que la puerta
vuelve a crujir en la noche
y yo dudo si abrir.

No siempre gano.
A veces todavía dejo una luz encendida
por si acaso.

Pero ya no me pierdo en esa espera.
Ahora sé poner la mesa para mí.
Ahora la herida no manda.
Ahora me habito.
Con todo lo roto.
Con todo lo que dolió
y aún respira.

Y si alguna vez alguien llega,
que toque.
Que entre con barro,
que no prometa quedarse,
pero que no mienta.

Yo, mientras tanto,
ya aprendí
a ser casa
aunque nadie venga.

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