Silencios profundos


En el vasto desierto del alma,
un sol invisible arde sin cesar.
Sus rayos, aunque no abrasan la piel,
penetran el corazón,
dejando una sombra que se expande silenciosa.

Es como ser un árbol en otoño,
despojándose de sus hojas una a una,
sin entender por qué el viento insiste
en llevarse su verdor.
Cada hoja que cae es un suspiro sin palabras,
una lágrima invisible que humedece la tierra seca.

La soledad se posa suave,
como la bruma matutina en un valle olvidado,
cubriendo todo y nada,
difuminando los contornos de la alegría.
Los días pasan, y uno se convierte en una marioneta
de emociones sin hilos,
oscilando entre el vacío y la melancolía.

El corazón, un océano en calma,
parece contener una tormenta oculta.
Las olas, aunque apenas perceptibles en la superficie,
rugen en el fondo con una fuerza inexplicable,
golpeando contra las rocas de la razón.

Y así, uno se siente como una casa vacía
en medio de la noche,
llena de ecos de risas que nunca fueron,
de conversaciones perdidas en el viento.
Los muros, testigos mudos de un silencio que pesa,
resguardan un vacío que no se llena con palabras ni compañía.

Es el peso de un cielo nublado
que se cierne sobre uno sin lluvia que lo justifique,
el frío de una mañana de invierno sin abrigo ni razón aparente.
La tristeza, sin origen ni causa,
es una sombra que habita en el alma,
difusa y persistente,
recordándonos que a veces, el sentir
no necesita de razones para existir.

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