A los tres meses de albor, cuando el sol aún se tambaleaba en el horizonte,
el mundo me recibió con un abrazo frío, un eco distante
que me susurraba que la vida era cruel y breve.
Nacida en el crepúsculo de una despedida,
mi madre se desvaneció como niebla ante el sol naciente,
dejándome en brazos de los que aún podían amar.
Fui acogida por manos queridas,
que me rodearon con caricias tibias como el primer sol del día,
amores dulces como la miel en primavera.
Me dieron lo que podían, fragmentos de un cariño
que parecía eterno, como si el tiempo pudiera ser detenido en un abrazo,
pero el destino, siempre caprichoso, tenía otros planes.
A los seis años, el cielo se desplomó de nuevo,
y en el desgarro de un adiós,
la figura que había sido mi refugio se disolvió
como la última hoja en otoño.
El vacío que quedó fue una sombra infinita,
un abismo sin fondo donde mi pequeño corazón
intentaba encontrar consuelo en recuerdos deshilachados.
La llegada a un nuevo hogar fue un espejismo de calidez,
una promesa de serenidad en un mar de tormentas.
Allí, las risas y los juegos parecían pintar un cuadro de paz.
Pero el arte de la felicidad era efímero,
y las estaciones cambiaron sin avisar.
Cuando los días de júbilo se fueron a estudiar,
se llevaron consigo el rastro de una familia que había sido mi salvación.
Su partida fue una nueva fractura en mi alma joven,
una herida que no entendía, una pérdida que no sabía nombrar.
La ausencia de su risa, el vacío de sus abrazos,
se convirtió en una lección dolorosa,
un recordatorio constante de que el amor es un tesoro raro y frágil.
Cada rincón de esa casa se llenó de silencios y vacíos,
ecos de promesas no cumplidas, palabras que se desvanecían
antes de ser pronunciadas.
Al pasar de las despedidas, me encontré en un espacio
donde el afecto se convirtió en una cadena,
donde la compasión era un acto de caridad más que de entrega.
Y en medio de mi desolación, me preguntaba una y otra vez:
¿por qué yo?
Mi corazón pequeño gritaba en silencio,
buscando respuestas en las estrellas que parecían tan lejanas.
¿Cómo era posible que el amor, que debería ser mi abrigo,
fuera tan efímero?
¿Cuándo sería el momento en que pudiera encontrar
un lugar seguro, un refugio que no se desmoronara en mis manos?
Los días se arrastraban lentos y pesados,
cada uno una lucha contra la incertidumbre.
Me preguntaba, en mi ingenuidad infantil,
si había algo que no veía, algo que no entendía,
un secreto cruel oculto en los pliegues de mi destino.
El tiempo avanzaba y arrastraba consigo mis sueños,
mis esperanzas, dejándome en un torbellino de dudas y desesperación.
La tristeza se convirtió en mi compañera constante,
una sombra que no se apartaba, un manto que cubría mis días.
¿Por qué me sentía tan vacía, tan sola,
cuando lo único que deseaba era ser amada?
Mi alma joven, llena de preguntas sin respuestas,
trataba de seguir adelante, aunque el camino se desvanecía ante mis pies.
Y en esta lucha interminable, me aferraba a la fuerza de mi espíritu,
a la resiliencia que nacía de cada desdicha,
intentando, aunque con el corazón herido,
encontrar una luz en la oscuridad.
La vida me desafiaba a entender lo incomprensible,
a buscar significado en el caos,
y yo, joven y desgarrada, trataba de enfrentar el tormento
con la esperanza de que, algún día, entendería el propósito detrás de mis lágrimas,
el sentido detrás de mi dolor.
Mi corazón tambaleaba en la tormenta,
buscando una señal, una razón, un motivo para seguir,
aferrándose a la promesa de que, aunque entonces todo parecía oscuro,
tal vez, en algún rincón del universo, existía una esperanza
que aún no había descubierto.

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