Como un pétalo de rosa llevado por el viento,
las promesas se desvanecen en el aire,
suspendidas en el limbo de los sueños no cumplidos,
dejando tras de sí solo el aroma de lo que pudo ser.
Son cartas de amor nunca enviadas,
una cita bajo la luna que se desvanece en la niebla,
dos tazas de café frías, abandonadas en una mesa solitaria,
silencio donde las risas debían florecer.
Es la melodía de un piano desafinado,
un encuentro prometido que se desvanece como un suspiro,
como un faro apagado en la tormenta de un corazón roto,
dejándonos perdidos en la oscuridad de nuestras expectativas.
Es un amanecer que nunca llega,
un soneto de Shakespeare sin sus versos finales,
como el deseo de Cathy por Heathcliff en los páramos,
inconcluso y eterno en su añoranza.
Es el castillo de arena derrumbado por la marea,
una odisea amorosa truncada antes de su destino,
un puente dorado que se desvanece en la niebla,
dejándonos en la orilla de los sueños no realizados.
¿Qué es una promesa rota sino una estrella fugaz
que nunca alcanza su destino?
¿Qué valor tiene una palabra cuando se pierde en el olvido?
¿Es la decepción más que un reflejo de nuestras propias ilusiones?
¿Podemos hallar en el naufragio de promesas incumplidas
alguna chispa de esperanza?
En la penumbra de la noche, me pregunto,
si en cada desilusión no hay una chispa de renacimiento,
si en cada promesa rota no hay un soneto esperando ser escrito,
floreciendo en las páginas de nuestros corazones,
como la esperanza que nunca se rinde,
renaciendo con cada amanecer.

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