Solo una niña,
sola sobre las tablas,
en un cuarto oscuro donde el terror se acurruca,
donde las sombras son monstruos de maderas viejas,
y el silencio grita en ecos de pesadillas.
La noche era negra, más que la oscuridad misma,
sin colchón que amortigüe sus temores,
solo tablas duras y frías como el hielo,
donde su cuerpo pequeño temblaba,
un refugio frágil de un mundo en guerra.
Gritos afuera, desgarradores,
como un maremoto de ira y dolor,
una sinfonía de desesperanza que se cuela bajo la puerta,
bajo la piel, en lo más profundo del alma.
Golpes, golpes estruendosos,
como martillos de furia golpeando su pecho,
un tamborileo feroz que hace que su corazón
se vuelva un pájaro asustado en su jaula,
y las lágrimas caen, pequeñas perlas de angustia.
Cierra los ojos, respira hondo,
espera que la noche eterna se disuelva,
que el caos detrás de la puerta,
cese su furia, se apague su amenaza.
El miedo es una sombra que no se aparta,
un eco interminable que la sigue,
un estremecimiento que la hiela,
cada puerta que chirría, cada brisa que sopla,
es un recuerdo que se agita, un dolor que vuelve a ser presente.
Creció, se aventuró en el mundo nuevo,
buscó un amanecer distinto a aquel infierno,
pero aún en las noches, cuando el viento juega,
cuando el silencio se quiebra con un crujido,
tiembla su ser, se acurruca en el pasado,
y la niña aún vive, aún teme, aún llora.
Porque en cada chirrido, en cada estruendo,
hay una puerta que amenaza con abrirse,
una herida que nunca cicatriza del todo,
entonces, es solo una niña sobre las tablas,
que en cada noche oscura, siente el eco de su pánico.
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