Sumergida, la presión aprieta el pecho,
un abrazo brutal, respirar se convierte
en un recuerdo doloroso. El agua, densa
y fría, aplasta el cuerpo, sofocando toda lucha.
Los ojos se cierran y todo se vuelve negro,
no hay tacto, no hay memoria, solo un dolor
sordo, constante, que no cede. El agua roza
la piel, fría y cortante, arrebatando todo calor.
Un minuto se siente como una eternidad de ahogo,
dos minutos, y el tiempo se disuelve en desesperación,
sin fin. Cuatro minutos, y el cuerpo se rinde,
colgando en la oscuridad, sin vida. La oscuridad
se convierte en un refugio final.
Entonces, un respiro. El mundo vuelve, caótico
y estridente, con un ruido que desgarra la calma.
Una roca en la garganta, una cadena en los pies,
manos invisibles sellando los oídos. En el espejo,
una sonrisa aparece, una mueca vacía que oculta la verdad.
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