En la penumbra de un sendero incierto,
mis pasos resuenan como ecos perdidos,
los árboles murmuran secretos
que mis oídos no logran descifrar,
y sus ramas, como dedos alargados,
se mueven con gracia en la brisa,
mientras yo, torpe en mi andar,
me enredo en el susurro de hojas caídas.
El río que fluye, siempre adelante,
lleva consigo las huellas de otros,
que caminan sin peso,
como si la corriente los acogiera,
en un abrazo que a mí me rechaza.
Mis manos, extendidas hacia el agua,
sólo encuentran el frío del vacío,
mientras las piedras, inmutables,
se burlan de mi lucha en su silencio.
El horizonte, siempre distante,
se tiñe de colores que no alcanzo a ver,
como un cuadro pintado con pinceladas,
que no responden a mi toque tembloroso.
Allí, donde las aves trazan su vuelo,
mi mirada se pierde, incapaz de seguir su ritmo,
atrapada en un cielo sin alas,
donde las nubes se disipan,
dejándome solo con la sombra del intento.
En este mundo de reflejos inciertos,
mi voz se quiebra en susurros,
que el viento dispersa como cenizas,
de un fuego que nunca encendí.
Y aunque otros avancen con pasos ligeros,
mi camino se desvanece,
como la estela de un barco en la tormenta,
que se ahoga en el vasto mar,
donde la costa es solo un espejismo,
y mis manos, vacías de certezas,
se aferran al aire, esperando,
que algún día, el viento cambie,
y me lleve hacia donde el horizonte,
se encuentra finalmente con la realidad.
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