En la distancia, un pájaro teje su canto,
una melodía bordada en los hilos del amanecer.
Sus alas, nacidas para rozar el cielo,
se entregan a la dorada prisión,
donde un eco perdido danza en sombras de lo que fue.
Anhela el abrazo del viento,
pero el infinito del cielo lo asusta,
creyendo que su canción solo florece
en la jaula que él mismo ha elegido como hogar.
La jaula resplandece con promesas vacías,
y su canto se disuelve en reflejos de un sueño no vivido,
mientras en su pecho late un vuelo nunca emprendido.
Así, el pájaro abraza su dorada prisión,
confundiendo la certeza con la libertad,
mientras su canto se pierde,
en un cielo que siempre anhelará, pero nunca tocará.
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