Te llevaste más que tu sombra aquella tarde;
desgarraste la piel que un día fue mía,
y ahora mis labios muerden el vacío de un beso que duele.
Solo hallo el eco amargo
de tu nombre aferrado a mi boca,
como un veneno que se niega a marcharse.
Cada intento de amar sabe a cenizas,
como si hubieras sellado mis labios
con el ardor de lo que ya no está.
Mis manos están rotas,
ya no saben encontrar abrigo en otro cuerpo;
se pierden en la ausencia que dejaste,
y cada caricia nueva es una mentira afilada,
un recordatorio punzante
de todo lo que me robaste.
Tocarte fue desvanecerme,
y ahora, cada piel que rozo
raspa mi alma
como el filo de un cristal roto.
Devuélve lo que me arrebataste;
el latido puro de un corazón
que supo amar sin miedo,
sin caer en el abismo
que cavaste bajo mis pies.
¿Quién te dio el derecho de quebrarme así?
De encadenarme a tu sombra,
atada a un recuerdo que me asfixia
cada vez que intento volar.
No sé cómo besar sin que duela,
sin que tus fantasmas me arrastren
al infierno de tu ausencia.
No sé cómo amar sin temblar,
sin temer que el amor sea una trampa,
que detrás de cada sonrisa
se esconda otra caída.
Devuélveme el corazón que rompiste,
el que latía con ansias de entregarse entero,
el que no conocía el filo de la pérdida.
Porque ahora no puedo mirar a otros ojos
sin que los tuyos me acechen,
sin que el miedo me enrede los pasos,
como cadenas invisibles
ancladas a mi piel.
Devuélveme lo que fui,
o arranca lo que queda,
no merezco este vacío en el
que me dejaste,
ni el silencio que aún sangra
donde alguna vez estuve completa.
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