Te amé como se ama lo que destruye,
con los dientes hundidos en el deseo,
con las uñas arrancando la carne
que ofrecí sin que lo pidieras.
Eras hambre y yo quise ser banquete,
eras filo y yo, carne viva,
te di mi pecho abierto,
mi garganta llena de nombres tuyos
que nunca supiste pronunciar.
Tu amor era incendio,
un calor que devoró mis cimientos,
dejándome en ruinas,
desnuda de mí,
prendida en fuego que no ilumina.
Te llevaste mi centro,
mis días, mi aliento,
y aún así,
me quedé buscando tus migajas,
como un perro hambriento en el desierto.
A veces me pregunto si exististe,
si fuiste más que el dolor que dejaste,
más que esta cicatriz
que sangra tu ausencia.
Te odio en mis noches,
te lloro en mis días,
pero sobre todo,
te llevo,
como un veneno dulce que me pudre lento,
como un eco que nunca se calla,
como una herida que arde
y no muere.
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