Interludio

Aquel filo dormido,
como un trueno que nunca cayó,
se quedó quieto en su furia de sombra.
Las manos, que temblaron al borde del abismo,
aprendieron a sostener el aire,
a moldearlo como quien da forma a lo que no entiende,
pero lo siente suyo.

Las alturas susurraron mi nombre,
y el eco fue un roce, no un salto.
Las pastillas esperaron en la mesa
como semillas que nunca germinaron.
Ese instante eterno,
donde todo pesa y todo duele,
me llevó al miedo,
y el miedo me llevó de vuelta.

Es extraño pensar
cómo el frío del techo
se convirtió en el calor de esta piel.
Cómo lo que parecía un final
se hizo un desvío,
un camino torpe que no sabía andar,
pero que, paso a paso,
comenzó a avanzar.

Hoy respiro un aire que no pedí,
pero que me pertenece.
El sol encuentra grietas
que no sabía abiertas,
y el cielo, tan inmenso y ajeno,
se inclina para rozar mi frente.

Es un proceso, sí,
uno que no tiene nombre ni lógica,
pero que late en el pecho
como un tambor que se rehúsa a callar.
No es un canto heroico,
es un susurro,
un latido sutil que dice:
estás aquí.

Y en este estar,
me reconozco.
En mis manos que dejaron de temblar,
en mis pies que caminan aunque duden,
en quienes caminaron conmigo,
ciegos al peso que cargaba,
pero firmes en su andar.

No es valentía lo que me salvó,
fue la cobardía de no soltarme,
el miedo sagrado de perder lo que no sabía
que aún quería encontrar.
Y aquí estoy,
entera en mis pedazos,
orgullosa de haber caído,
pero nunca del todo.

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