Nos cruzamos como dos caminos
que nunca supieron que iban a encontrarse.
Éramos distancias sueltas,
pasos sin destino,
miradas errantes en la multitud.
Y sin aviso,
la vida nos puso en la misma página,
como si el viento hubiese decidido
doblar una esquina
y empujar nuestros nombres al mismo verso.
No hubo estruendo,
no hubo señales en el cielo,
solo el ritmo callado
de dos historias que se entrelazan
sin pedir permiso.
Desde entonces,
el tiempo es más liviano,
los días llevan una risa en los bolsillos,
y hasta el silencio
parece conocer nuestro idioma.
Quizás todo fue azar,
o quizás las casualidades
solo sean formas invisibles de destino.
Pero qué suerte la mía,
qué suerte la nuestra.
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