Hay una voz que me habita,
un eco antiguo que susurra en la piel,
que se desliza entre los huesos
como un río que nunca descansa.
Me persigue en el alba,
en la sombra larga de la tarde,
en el roce del viento contra mis brazos,
como si quisiera recordarme
algo que nunca quise escuchar.
A veces intento callarla,
cerrar las puertas,
borrar los rastros de sus pasos,
pero siempre encuentra un resquicio,
una grieta donde filtrarse,
donde hundir sus palabras
hasta hacerlas mías.
He tratado de moldearme a sus silencios,
de ser tan ligera como el aire,
tan diminuta como el polvo que danza en la luz,
pero la voz insiste,
se enreda en mis costillas,
pesa en mis pestañas
y me arrastra hacia el abismo
de lo que no quiero ser.
Si tan solo pudiera soltarla,
arrancarla como se arranca un hilo suelto,
pero temo que al hacerlo,
termine deshaciéndome con ella.
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