Lo que no dijo la lluvia

Se desgastaron los días como hojas empapadas,
deshaciéndose en los dedos del tiempo,
destiñendo recuerdos que ya nadie nombra.
La espera se enredó en las grietas de las horas,
como un río seco que olvidó su cauce.

Las palabras quedaron suspendidas en el cielo,
pesadas como nubes a punto de romperse,
pero nunca llovieron.
Se quedaron ahí, estáticas,
como un trueno que nunca encuentra su voz,
como un relámpago que muere antes de herir la tierra.

Hay miradas que naufragan
en charcos de silencios malditos,
ojos que gritan en lenguas ahogadas
y labios que se cierran
como ventanas antes de la tormenta.

Tanto se ha callado,
que el eco pesa más que la ausencia,
una gota suspendida en el abismo,
negándose a caer.

Las manos aún se rozan por inercia,
pero ya no son lluvia sobre la piel,
ya no hay ríos desbordando las venas.
El latido, aunque vivo,
suena a goteo en una casa vacía.

Y sin embargo,
la tristeza no es tormenta ni vendaval furioso,
es el ahogo de un cielo que se traga su propia lluvia,
la herida de las nubes reteniendo su llanto.
Es el grito mudo de un trueno que jamás estalla,
la sed de la tierra abierta en grietas,
esperando un diluvio
que nunca llegará.

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