Casi...

Me despedí más veces de las que me fui,
como quien ensaya la pérdida
sin tener el valor de vaciar la casa.
Dejé cartas sin cerrar,
puertas entreabiertas,
miradas que temblaban en los marcos.

No era el adiós lo que dolía,
era el intento de convencerme
de que marcharme era posible.
Me repetí el discurso,
lo susurré en la ducha,
lo grité en la almohada,
lo murmuré en tu espalda dormida.
Y aún así, amanecía en el mismo lugar.

Tal vez no me fui
porque no quería ser nadie sin tu voz.
Tal vez mis pasos solo rozaban el umbral
para volver a refugiarse en tus sombras.
Tal vez me despedí tantas veces
porque había una parte de mí
que seguía rogando por una razón para quedarme.

Y en cada despedida fallida,
se moría un poco más el intento,
y se rompía un poco más el alma.

Ahora lo sé:
no siempre uno se va cuando se marcha.
A veces uno se queda,
enterrado en cada adiós
que no fue suficiente.

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