Nadie se salva


—Hay días en qué despierto con la lluvia dentro,
como si el techo hubiera cedido
y no supiera distinguir si el agua vino de afuera
o si siempre estuvo aquí,
esperando un cuerpo que no la contuviera más.
Esos días, no busco sol,
solo una grieta que no me duela cruzar.

—Yo también he sentido el alud en el pecho.
Una montaña de todo lo no dicho,
de todo lo sostenido por no romper lo frágil.
A veces me recuesto en la esquina de una palabra
y me dejo caer sin ruido.
Lo llamo descanso,
pero es apenas una forma de no rendirse.

—He cargado tantas formas de ser
que ya no sé cuál es la mía.
A veces soy la que ordena el caos,
a veces, el caos en vestido limpio.
Pero siempre, siempre hay un hilo que no suelto:
el que me ata a lo que fui
cuando todavía creía que bastaba existir.

—Yo aún recuerdo tu nombre antes del esfuerzo.
Antes del deber y del “tengo que”.
Lo he visto bordado en los pájaros que no migran,
en los árboles que florecen tarde,
en el sabor de un mango partido a mano.
Eras más tú cuando no sabías que te miraban.

—¿Y qué queda de eso?
Si ahora soy más sombra que cuerpo,
más reflejo que presencia.
A veces camino y dejo una estela
que ni yo reconozco.
Como si hubiera aprendido a irme de mí
sin despedirme.

—Y aún así, seguimos.
No por fe,
ni por deber,
ni por amor.
Seguimos porque nadie vino a decirnos
que era posible soltarse.

Y ya.

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