No siempre fue hondo.
En otra vida —si es que los platos tienen vidas—
fue moldeado para ser útil.
Eso le dijeron:
que debía sostener lo que cae,
sin preguntar,
sin desbordarse.
Se dejó hacer.
La arcilla no pide explicaciones.
Lo quemaron al fuego,
lo pintaron de blanco
como quien quiere fingir pureza,
y lo pusieron en una vitrina
junto a otros que tampoco sabían
que estaban destinados a cargar
lo que los demás no querían tocar.
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Los días empezaron con sopa.
Caliente, densa, hirviente.
Él aguantó.
Después vino el olvido:
migas, restos, huesos,
manos torpes que lo arrastraban sin mirarlo.
A veces una cuchara lo golpeaba sin querer,
pero dolía igual.
Nunca gritó.
Los platos no gritan.
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Un día —lo recuerda bien—
alguien lloró sobre él.
No por él,
sino en él.
Las lágrimas cayeron
como si fuera normal que un plato hondo
sostuviera una tristeza líquida.
Después vinieron otras manos,
otras bocas,
otros días.
Nada cambió realmente,
pero algo en su centro
se fue rajando.
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Soportó.
Eso hacen los hondos:
sostienen.
Incluso cuando ya no cabe nada más,
incluso cuando lo que se les echa dentro
no es comida,
sino ausencia.
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A veces soñaba con ser taza:
tener un asa,
ser llevado con elegancia,
sostener calor
que se ofrezca, no que pese.
Pero no.
Era hondo.
Y lo hondo,
siempre recibe más de lo que debería.
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Una tarde lo dejaron caer.
No se rompió.
Solo se astilló por dentro,
en un lugar que nadie ve
pero desde donde todo tiembla.
Lo devolvieron al estante
sin notarlo.
Allí duerme ahora,
cobijado de polvo,
como un secreto limpio,
como un hueco que aprendió a quedarse quieto.
Y si alguien vuelve a buscarlo,
quizá aún lo encuentren.
Pero no vacío.
No disponible.
Solo lleno,
completamente lleno
de todo lo que ya no está dispuesto
a sostener.
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