A veces se le olvida
que era espada.
Que su filo no pedía permiso,
ni se medía en caricias.
Nació afilada,
templada en rabia,
con pulso de tempestad.
Pero se calla.
Se mira desde abajo.
Lame migas con nombre ajeno.
Se hace pequeña
para que no la dejen sola.
Y le da rabia.
Rabia santa.
Rabia maldita.
Porque ella lo sabe:
la sangre que le corre
es de incendio,
no de adorno.
Le han dicho que ser filo es ser cruel,
que lo noble es volverse mango,
acomodarse al tacto.
Y ha creído.
Por momentos.
Por miedo.
Entonces se queda.
Con el óxido en la lengua.
El filo dormido.
El alma agazapada
en una esquina del cuerpo.
Y aunque la envuelvan en terciopelo,
aunque le pongan nombre de flor,
el acero recuerda.
Vibra en el hueco.
Arde en la espalda.
Latiendo.
Hasta que duele.
Y el dolor es el único que le recuerda
que sigue siendo
metal.
- ☕
Comentarios
Publicar un comentario