Que no vengan a salvarme:
me arranqué las alas para hacerme costillas.
Soy la grieta que no se cierra,
el mármol que aprendió a sangrar sin perder la forma.
Un animal sin rezo,
una flor que olvida el tallo para hacerse filo.
Fui cuerpo, fui casa, fui espera.
Ahora soy trinchera vestida de piel,
lengua que lame su herida
como quien prepara un banquete.
No me nombren.
Mi eco no cabe en sus bocas.
No me sigan.
Mi camino no fue hecho para quienes piden señales.
Me ungí con la sal de lo que perdí.
Bebí de mí, hasta vaciarme,
y fue allí —en la médula—
donde aprendí a no tener sed.
Me volví umbral sin destino,
vientre de humo,
templo sin cruz.
Nadie entra.
Nadie sale.
Yo permanezco.
Y ardo.
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