Hubo un tiempo en que el camino tenía tu sombra
pegada a la mía como costura de hilo fino.
Éramos dos vasijas bajo el mismo aguacero,
dos panecillos en horno compartido,
dos relojes aprendiendo a latir a la vez.
Yo andaba con el viento en los tobillos,
una brújula clavada en la lengua,
golpeando puertas hasta que se hicieran ventanas;
tú llevabas el silencio como un jardín de niebla,
y te sentabas, paciente, a ver brotar lo posible.
No voy a medir el pan ni las migas.
Sé que a veces mi paso fue marea,
y el tuyo, orilla que escuchaba.
También vi cómo de mis manos salían faros,
y de las tuyas, mesas donde descansar la luz.
Hubo días en que me pesó tu quietud
como piedra en bolsillo de río.
Hubo noches en que mi orgullo, con dientes de sal,
mordió el espejo y quiso opacar luciérnagas.
Pero hasta esa sombra me enseñó mi forma:
qué filo soy, qué fuego, qué no quiero perder.
Hoy pongo sobre la mesa lo que sí nos fue dado:
risas que aún huelen a pan recién abierto,
senderos que aprendieron nuestras suelas,
la ternura de saber que, sin ser chispa,
tu presencia sostuvo la cerilla en mi mano.
No te debo y no me debes.
La balanza queda en el río,
que el agua sabe hacer cuentas sin rencor.
Yo me llevo la lección:
rodéate de manos que también enciendan,
cuida el fuego sin quemarte,
elige el ritmo que te nombra.
Si alguna vez me ves desde tu ribera,
que el gesto sea de agua:
un saludo breve, limpio, suficiente.
Que cada cual navegue con sus propios remos,
y si el viento coincide, que apenas roce,
sin forzar el mapa ni pedir puerto.
Te honro en lo que fuimos:
una estación necesaria,
un tramo donde aprendí mi fuerza.
Te agradezco la sombra que afinó mi luz.
Te dejo sin nudo, sin deuda, sin espina.
Y yo sigo:
faro sin culpa, vasija sin grietas,
pan partido en mesas nuevas.
Que el río nos lleve —a ti con tu calma,
a mí con mi marea—
cada agua hacia su mar.
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